Por Alejandro Kuri Pheres
La firma en Washington del Acuerdo Marco entre el Líbano e Israel representa uno de los
acontecimientos políticos más trascendentes para Líbano en las últimas décadas. Más allá
de constituir un mecanismo para poner fin al conflicto con Israel, el documento plantea una transformación profunda del sistema político y de seguridad libanés.
El acuerdo propone un proceso gradual para alcanzar una paz duradera mediante
negociaciones directas con la mediación de Estados Unidos. Su eje central consiste en
restablecer plenamente la autoridad del Estado libanés sobre todo el territorio nacional a través del despliegue del Ejército Libanés y el desarme progresivo de todos los grupos armados no estatales.
La implementación comenzaría en zonas piloto, permitiendo el regreso de miles de desplazados y el inicio de un amplio programa internacional de reconstrucción.
Paralelamente, Israel sostiene que su presencia militar responde exclusivamente a
necesidades de seguridad y afirma no mantener reclamaciones territoriales sobre el Líbano.
Estados Unidos, por su parte, condicionaría su apoyo financiero y militar al cumplimiento de objetivos concretos, además de colaborar con Beirut para impedir el financiamiento de grupos armados y garantizar que los recursos destinados a la reconstrucción sean
administrados exclusivamente por las instituciones del Estado.
En esencia, el acuerdo busca reconstruir un Estado fuerte, capaz de ejercer el monopolio
legítimo de la fuerza, fortalecer sus instituciones y crear las condiciones necesarias para una paz estable y un desarrollo económico sostenido.
El rechazo de Berri revela una disputa mucho más profunda
La reacción del presidente del Parlamento, Nabih Berri, publicada por L’Orient-Le Jour,
demuestra que el verdadero conflicto ya no gira únicamente en torno a la relación con Israel. La discusión es mucho más profunda.
Lo que hoy está en juego es el modelo de Estado que tendrá el Líbano durante las próximas
generaciones. Por un lado, el presidente Joseph Aoun y el primer ministro Nawaf Salam impulsan la consolidación de un Estado con una sola autoridad política y militar, donde únicamente las instituciones oficiales ejerzan el uso legítimo de la fuerza.
Del otro lado, Berri y los sectores cercanos a Hezbollah sostienen que la llamada “resistencia” debe conservar un papel militar independiente del Estado.
Esta diferencia explica la intensidad del debate político que apenas comienza.
LA ESTRATEGIA POLÍTICA DE BERRI
Las declaraciones de Berri responden a una estrategia cuidadosamente diseñada.
En primer lugar, intenta reconstruir una coalición nacional capaz de frenar el proceso. Su respaldo público a Walid Joumblatt busca transmitir que el rechazo al acuerdo trasciende al
electorado chiita y puede convertirse en una posición compartida por otros sectores
políticos. Al mismo tiempo procura evitar el aislamiento de Amal en un contexto completamente distinto al de años anteriores.
Actualmente existe una coincidencia poco habitual entre Estados Unidos, Europa y varios países árabes —especialmente Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Egipto— en favor del fortalecimiento del Estado libanés y del programa de reformas impulsado por el
nuevo gobierno.
Si además una parte creciente de la sociedad prioriza la reconstrucción económica sobre la continuidad del conflicto, el espacio político de Amal y Hezbollah podría reducirse considerablemente.
LA REFERENCIA A 1983
Uno de los argumentos centrales de Berri consiste en comparar el nuevo acuerdo con el Acuerdo del 17 de mayo de 1983. La intención es clara: convencer a la opinión pública de que la historia volverá a repetirse.
Sin embargo, precisamente esa comparación pone de relieve por qué el contexto actual es
radicalmente distinto.
En 1983, el presidente Amine Gemayel enfrentó el rechazo absoluto de Siria, que ejercía un verdadero poder de veto sobre la política libanesa. El mundo árabe permanecía dividido y
la influencia estadounidense disminuía rápidamente tras el atentado contra los cuarteles de los Marines. Nada de eso ocurre hoy.
Existe un amplio respaldo regional al proceso, Hezbollah llega considerablemente
debilitado tras la guerra, e Irán enfrenta un escenario regional mucho más complejo que el
de hace cuatro décadas. Las condiciones estructurales que provocaron el fracaso del acuerdo de 1983 simplemente
ya no existen.
LA INFLUENCIA CONTINÚA
El artículo también confirma que Berri mantiene una coordinación política directa con Mohammad Bagher Ghalibaf.
La conversación telefónica entre ambos refleja que Teherán continúa considerando al Líbano una pieza estratégica dentro de su política regional.
Paradójicamente, mientras Berri denuncia la influencia estadounidense sobre el proceso de paz, reconoce sin reservas la coordinación política con Irán, evidenciando hasta qué punto la política libanesa continúa condicionada por actores regionales.
EL DESAFÍO DEL GOBIERNO
El mayor reto para Joseph Aoun será demostrar que es posible fortalecer al Estado sin provocar una nueva confrontación interna.
Si el proceso de desarme avanza demasiado rápido, aumentará el riesgo de un conflicto interno. Si avanza demasiado lentamente, podría perder el respaldo político y financiero de la comunidad internacional.
Encontrar ese equilibrio será probablemente la tarea más difícil del nuevo gobierno.
LA OPORTUNIDAD HISTÓRICA DE LA DIÁSPORA
En este escenario, la diáspora libanesa puede desempeñar un papel decisivo.
Su fortaleza reside precisamente en que representa una voz independiente de las
tradicionales redes confesionales que han dominado durante décadas la política del país.
Por ello, el respaldo al presidente Joseph Aoun no debería interpretarse como una postura favorable a Israel o a Estados Unidos, sino como una defensa de principios fundamentales para cualquier Estado moderno: la soberanía nacional, el fortalecimiento institucional y el monopolio legítimo del uso de la fuerza por parte del Estado. Ese es también el lenguaje político utilizado hoy por el gobierno libanés.
La emigración puede contribuir a consolidar esa narrativa desde una posición de legitimidad que difícilmente puede ser descalificada como una imposición extranjera.
UN MOMENTO DECISIVO PARA EL FUTURO DEL LÍBANO
El rechazo de Berri constituye un intento por preservar el equilibrio de poder que ha
caracterizado al Líbano durante las últimas décadas. Sin embargo, el desenlace dependerá menos de esa resistencia política que de la capacidad del gobierno para consolidar consensos internos, mantener el respaldo internacional y demostrar que la recuperación del Estado puede traducirse en estabilidad, inversión y prosperidad.
La discusión ya no se limita a la paz con Israel.
La verdadera decisión consiste en determinar si el Líbano evolucionará hacia un Estado
plenamente soberano, con instituciones fuertes y un único ejército, o si continuará bajo un modelo donde actores armados no estatales conservan un papel determinante en la seguridad y la política nacional.
Después de décadas de crisis, esa puede ser la decisión más importante de la historia
contemporánea del país.
Alejandro Kuri Pheres es expresidente del Centro Libanes de la CDMX y expresidente mundial de la Unión Libanesa Cultural Mundial INGO con sede en NYC.




