Entre coros franceses que desafían la arquitectura del Teatro Juárez, la ternura desbordante del teatro comunitario, la nostalgia migrante de Cuba y el dolor transformado en arte por las rastreadoras, el Festival Internacional Cervantino reafirma su profundo sentido humano.
El primer fin de semana de la edición 54 del Festival Internacional Cervantino (FIC) ha dejado en claro que la cultura no es solo un escaparate estético, sino un territorio vivo de memoria, resistencia y encuentro. Organizado por la Secretaría de Cultura del Gobierno de México en colaboración con el gobierno estatal, este arranque ha convertido a Guanajuato en un crisol donde conviven la alta escuela coral internacional, la inocencia transformadora de las infancias y las heridas más urgentes de nuestra realidad social.
Voces que esculpen el espacio
El imponente Teatro Juárez fue testigo de una auténtica comunión sonora gracias al ensamble vocal francés Les Métaboles, que presentó su programa Voces Esculpidas. Bajo la guía de su director, el público viajó a través del tiempo con obras de Orlando di Lasso, Gregorio Allegri, Camille Saint-Saëns y Betsy Jolas. El momento culminante ocurrió cuando los coreutas abandonaron el escenario para dispersarse por distintos puntos del recinto, logrando una dimensión acústica envolvente que culminó con una versión inédita para coro a capella del Preludio a la siesta de un fauno de Claude Debussy —incorporando versos de Stéphane Mallarmé— y un entrañable homenaje al barroco mexicano con la obra Madre, la de los primores.
La magia comunitaria y la nostalgia en escena
La alegría tomó por sorpresa la Plaza San Roque con la presencia del Proyecto Ruelas y el Grupo de Teatro Comunitario de San Ignacio “Las pulgas desastrosas”. Bajo la dirección de Lorena Kasper, niñas y niños de entre 6 y 12 años conquistaron a familias enteras y paseantes con la puesta en escena Siete lagartos sospechosos tosiendo debajo de un paraguas. Entre risas, aplausos y una enorme pelota de colores que rebotaba entre las gradas, la infancia demostró cómo el espacio público se convierte en un hogar compartido a través del arte.
La atmósfera dio un giro íntimo y emotivo con la llegada de la cantante y compositora cubana Rita Donte, quien convirtió su concierto en una poderosa bitácora sonora sobre la migración, la identidad y el arraigo. A ritmo de conga, bolero, son, guaguancó y raíces africanas, temas como Calle libertad, Habana, Patria querida y Humo y azul celebraron la supervivencia y la belleza de la vida tras cruzar las fronteras.

Teatro de objetos contra el olvido
En el Teatro Cervantes, la compañía Ojo Negro conmovió profundamente a los asistentes con Rastreadoras, una pieza de 45 minutos que aborda desde el movimiento y la plástica una de las realidades más dolorosas de México. Con música en vivo a cargo de Julio César Aguayo Irene y una atmósfera de sombras e imágenes proyectadas por Miranda de los Ángeles, la directora Miranda Giles recordó al terminar la función que se trata de “historias que merecen ser contadas y no olvidadas”. Creada en 2013, esta agrupación reafirmó su maestría al llevar el teatro de títeres y objetos hacia una dimensión simbólica que trasciende generaciones.
Con esta vibrante amalgama de propuestas, el FIC continúa consolidándose como la plataforma indispensable para garantizar los derechos culturales y el goce comunitario de las artes.




