Guanajuato, Gto.— el pasado 23 de Octubre del año en curso las luces de la Alhóndiga de Granaditas se apagaron lentamente en el acto oficial de clausura, pero el verdadero cierre del Festival Internacional Cervantino no se vivió sobre el escenario principal, sino en los contornos de la plazuela, donde el eco de los aplausos institucionales fue rápidamente ahogado por las voces de protesta de la propia comunidad local.
Con un saldo oficial centrado en toneladas de basura recolectadas, porcentajes de ocupación hotelera y cifras millonarias de derrama económica, las autoridades bajaron el telón de una edición que pasará a la historia no por sus hitos artísticos, sino por el evidente divorcio entre los organizadores y la ciudad que le da cobijo.
Las dos caras de una misma noche
Mientras en el presídium oficial las autoridades intercambiaban discursos de autocomplacencia y números alegres, a pocos metros, las escalinatas del Teatro Juárez se convertían en el epicentro del descontento. Artistas independientes, mimos, músicos urbanos y ciudadanos de a pie se congregaron con pancartas e intervenciones relámpago para encarar el modelo de festival que les fue impuesto este año.
La imagen de la noche de clausura fue contundente: recintos oficiales a medio llenar por los altos costos de acceso, frente a calles desprovistas de oferta cultural, donde los transeúntes debían sortear comales, humo de freidoras y vallas de seguridad instaladas para restringir el paso a los propios habitantes de la capital.
El reclamo final: Restituir la dignidad al Cervantino
En los discursos espontáneos que resonaron durante la noche de cierre, la exigencia fue unánime. Colectivos culturales y periodistas locales coincidieron en que el festival debe someterse a una reestructuración profunda antes de su próxima edición.
Entre las demandas que marcaron el cierre destacan:
- El retorno del arte a la calle: Devolver las plazas y escalinatas a las agrupaciones teatrales comunitarias e independientes, frenando la persecución y censura bajo el pretexto de regulación administrativa.
- Frenar la mercantilización del espacio: Priorizar la recuperación del patrimonio urbano sobre la entrega masiva de licencias para el comercio informal de comida rápida y alcohol.
- Precios justos y rigor curatorial: Reestructurar la política de taquilla para garantizar el acceso democrático a los estudiantes y público general, asegurando que los espectáculos de sala cerrada mantengan el estándar de excelencia internacional que dio fama al encuentro.
- Apertura e inclusión informativa: Garantizar condiciones dignas y de respeto para la cobertura de la prensa regional e independiente.
El reto del mañana

Cuando los puestos de comida comenzaron a desmontar sus carpas de plástico en la madrugada y el olor a aceite refrito empezó a disiparse entre las callejuelas coloniales, la sensación dominante no fue la de haber presenciado la “Fiesta del Espíritu”, sino la de una un Festival de la Garnacha que concluye dejando un vacío amargo.
El Festival Internacional Cervantino ha cerrado un capítulo oscuro en su historia reciente. El desafío para las autoridades culturales y gubernamentales no será únicamente programar el calendario del próximo año, sino emprender un verdadero proceso de reconciliación con la ciudad de Guanajuato, sus artistas y su gente, si es que se pretende rescatar el alma de uno de los patrimonios culturales más importantes del continente.




